jueves, 12 de mayo de 2016

Clases N° 3 y N° 4/año 3 - jueves 28 de abril y 5 de mayo 2016

Clases N° 3 y N° 4 à juntas. ¿Por qué? Bueno, porque el tema fue un continuum, fundamentalmente. Y fue Borges y su gran cuento El inmortal, que considero uno de los mejores cuentos de su literatura. Y en la clase pasada, la N° 2, podrán ver el análisis que coloqué al efecto. Desde ya que la transtextualidad de este gran cuento es la Odisea de Homero.  


Aquí copio y pego el cuento de manera completa. Y no lo terminamos de leer en clase, así que finalizarlo, por favor. Porque lo habíamos ido viendo fragmentado, para desmenuzarlo por dentro, hacerle una especie de disección, para tratar de atisbar el revés de la trama, el pespunte, el hilván con el fin de hallar la poesía en la prosa. Que en este cuento hay muchísima poesía en recursos. O como dice el gran tío Ernest Heminway en su teoría del iceberg: que sólo se debe ver por encima de la superficie –lo que se lee de un cuento– 1/8 (un octavo) y 7/8 (siete octavos) por debajo de la línea de flotación, lo que se dice entre líneas, lo que se "limpió".



El INMORTAL (cuento) de Jorge Luis Borges

Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.
FRANCIS BACON: Essays LVIII.

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.
El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.
I

Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.
Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.


II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.
La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...
No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar - yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma - mi primera detestada ración de carne de serpiente.
La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.
He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.
En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.
Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.
No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.


III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.
La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.
Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.
Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.
Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.
Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.


IV

Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.
Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.
El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.
Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.
La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós.


V

Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1683 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El 4 de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea 1. Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.
...He revisado al cabo de un año, estas páginas. Me constan que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.
La historia que he narrado parece irreal, porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos 2.
Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.


Postdata de 1950

Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans, de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot, y finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.
A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.
A Cecilia Ingenieros.
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1. Hay una tachadura en el manuscrito; quizás el nombre del puerto ha sido borrado.
2. Ernesto Sábato sugiere que el « Geambattista » que discutió la formación de la Ilíada con el anticuario Cartaphilus es Geambattista Vico; ese italiano defendía que Homero es un personaje simbólico, a la manera de Plutón o de Aquiles.



También, en esto de hallar la poesía en la prosa, vimos el cuento más corto de habla hispana: El dinosaurio, del guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003), un cuento de sólo siete palabras.

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Se trata de un texto con gran tensión narrativa. Es una metáfora que evoca una especie real pero extinguida, los dinosaurios, y que despliega una serie de problemáticas. Por ejemplo, se me ocurren las básicas: quién despertó y en qué lugar.
Tan corto como lo vemos, el cuento pertenece tanto al cuento fantástico como al de terror y al policial. Y tiene además gran riqueza en sus resonancias alegóricas (una alegoría es un encadenamiento de metáforas) à kafkianas, apocalípticas, políticas.


Continuamos con las máximas de Abelardo Castillo, aquí dos más:

3-    El decálogo de Horacio Quiroga está muy bien, siempre y cuando seas cuentista. Pero, por favor, no tomes en serio eso de querer a tu arte como a tu novia. Quiroga lo escribió para enamorar a una alumna suya del secundario.

4-    Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.



Nuestro momento poético es también con Jorge Luis Borges y su maravilloso poema El hacedor, que está en el poemario La cifra (1981). Aquí vemos el simple, sencillo y tan eficaz poéticamente hablando recurso de enumeración; un recurso del plano morfo-sintáctico.

El hacedor

Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
acarrea leones y montañas,
llorado amor, ceniza del deleite,
insidiosa esperanza interminable,
vastos nombres de imperios que son polvo,
hexámetros del griego y del romano,
lóbrego un mar bajo el poder del alba,
el sueño, ese pregusto de la muerte,
las armas y el guerrero, monumentos,
las dos caras de Jano que se ignoran,
los laberintos de marfil que urden
las piezas de ajedrez en el tablero,
la roja mano de Macbeth que puede
ensangrentar los mares, la secreta
labor de los relojes en la sombra,
un incesante espejo que se mira
en otro espejo y nadie para verlos,
láminas en acero, letra gótica,
una barra de azufre en un armario,
pesadas campanadas del insomnio,
auroras, ponientes y crepúsculos,
ecos, resaca, arena, liquen, sueños.

Otra cosa no soy que esas imágenes
que baraja el azar y nombra el tedio.
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,
he de labrar el verso incorruptible
y (es mi deber) salvarme.

Tarea:  
Hacer una prosa o un poema utilizando el recurso de enumeración, en cualquiera de sus dos variantes: polisíndeton o asíndeton.

Y sepan disculparme la demora en subir las clases; es que los imponderables, la Feria del Libro que acaba de finalizar y otros, me hicieron zancadillas. Pero por fortuna, pude volver a ponerme de pie, y aquí estamos.

¡Buena semana poética!
















jueves, 28 de abril de 2016

Clase N° 2/año 3 - jueves 21 de abril 2016

La clase del jueves pasado, la del 21 de abril, la habíamos comenzado con los textos preparados por ustedes. Que espero que vayan subiéndolos al blog. A partir del cuento Ulises de Silvina Ocampo (dado la clase pasada), y como la protagonista de ese cuento es una niña de 6 años, la consigna era escribir algún material –cuento, poema, relato, narración– desde la mirada de un niño o una niña, desde su altura real y emocional.



Y luego comenzamos a leer y tratar de ver el revés de la trama del cuento El inmortal, de Borges.


El inmortal es el título de un cuento escrito por Jorge Luis Borges, que se publicó por primera vez en 1947, en la revista Anales de Buenos Aires, y dos años más tarde apareció de nuevo en el volumen El aleph, de Editorial Losada.

A través de múltiples referencias culturales, el relato reflexiona en torno a las paradojas de orden metafísico que tendrían que afrontar los hombres si algún día alcanzaran la inmortalidad. El cuento está concebido según la estructura de puesta en abismo (cajas chinas, mamushkas), es decir, con distintos niveles narrativos, un relato dentro de otro.

Estos tres niveles se componen de la siguiente manera:

En el primero, un narrador describe el proceso mediante el cual se encuentra un manuscrito.
El segundo nivel es la transcripción, contada en primera persona por el narrador-protagonista.
En el tercero, otro narrador que lee el manuscrito refuta una teoría que proclama su falsedad.


El primer narrador cuenta que la historia fue hallada en un manuscrito, dentro de un ejemplar de la traducción de la Ilíada de Pope, que Cartaphilus le ofrece a una princesa en 1929.

La historia es contada en primera persona por el protagonista, Marco Flaminio Rufo, un romano que sale en busca de un río que da la inmortalidad a quien bebe de él, motivado por la historia que un jinete desconocido le remite antes de morir. Flavio, procónsul de Getulia, es quien le da doscientos soldados y algunos mercenarios, es ahí donde emprende el viaje. Varios días después de perderlos en el desierto, Rufo encuentra un río de agua arenosa del que bebe sin saber que aquel era el río que buscaba, y que los trogloditas que vivían cerca de él eran los inmortales.

Después de atravesar un laberinto subterráneo casi interminable, emerge a la Ciudad de los inmortales. A diferencia de éste, cuya arquitectura respeta las simetrías, la ciudad era una construcción caótica carente de sentido. Cuando consigue salir, descubre que afuera lo esperaba uno de los trogloditas, al que llamó Argos (el perro de Ulises, en la Odisea). Después, este mismo le confiesa que era Homero, el autor de esa obra.

Veremos que Marco Flaminio Rufo descubre que la inmortalidad es una especie de condena. Porque la muerte da sentido a cada acto ante la posibilidad de ser el último, y la inmortalidad se lo quita. En el siglo X, los inmortales se dispersan en busca del río que los libere de su condición; el 4 de octubre de 1921, en el norte de África, lo encuentra y descubre que es posible curar su maldición con esas aguas.

Y hay muchas intertextualidades.


Para finalizar, la ejercitación fue hacer un texto más poético desde la mirada de un niño/niña; y ya pueden subir sus trabajos, si quieren.

En la clase del jueves 28, continuaremos con la lectura de El inmortal, pues es un texto muy rico en trabajo de la lengua, en burilado. Con la mirada de un poeta que escribe prosa e hilvana las metáforas a conciencia.

Y les dejo un par de máximas de escritura, realizadas por Abelardo Castillo.

En Cómo escribir dice:
  1. Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.


  1. Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.


El 23 de abril es el Día Internacional del Libro, en homenaje tanto a Shakespeare como a Cervantes, a 400 años de la muerte de ambos.


miércoles, 20 de abril de 2016

Clase N° 1/año 3 - jueves 14 de abril 2016


La pregunta sencilla, básica, para esta primera clase es preguntarnos, mirándonos: ¿qué nos une hoy?
Nos une aquí lo binario, dos palabras abisagradas: emoción y pasión, y dos verbos únicos, sólo característicos del animal humano: leer & escribir.
Remontémonos al fogón de nuestros ancestros de hace miles de años, aquel destello de vida en la oscuridad que al bajar el sol comenzaba a congregar el calor humano para exorcizar el miedo, el frío, la soledad, la angustia. Aquel fogón en el que siempre primero se escuchaba con atención, porque allí estaba el lugar de las enseñanzas, de la experiencia, de la sabiduría, de la emoción. El escuchar no nos distingue, pero sí el saber escuchar para aprender, para deleitarnos. 


Para ser escritores –como nos dice siempre Borges –, debemos primero ser lectores. Leer es por cierto una continuación en solitario de aquella ancestral práctica del fogón. ¿Y por qué leemos? Por un montón de razones, las mismas que las del fogón: conocer historias, vivir otras vidas, mejorar nuestra realidad, para saber del otro, para disfrutar de la palabra, vivirla nuevamente haciéndola carne en nosotros.
En el principio fue el verbo, nos dicen los textos sacros. Pero, ¿qué es ese verbo? En latín verbum significa “palabra”. Y nuestra palabra importante es la palabra de palabras: el verbo, la acción. Así comenzamos a hablar en este bendito planeta azul, describiendo nuestras acciones, decodificando las que nos cuentan los otros. Y luego levantamos la vista para encontrar lo que no existe y crearlo: un sinónimo de esa acción, una nueva palabra que traerá la estela de un nuevo significado más el residuo del significado de la palabra anterior. 
Un poema es una emoción contada, lo digo y repito siempre para que no lo perdamos de vista. Toda escritura conlleva una emoción.
Del latín emotio, la emoción es la variación profunda pero efímera del ánimo, que puede ser agradable o penosa y presentarse junto a cierta conmoción somática.
Desde lo orgánico, las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos del individuo cuando percibe un objeto, persona, lugar, suceso o recuerdo importante. Es un sentimiento muy intenso de alegría o tristeza producido por un hecho, una idea, un recuerdo, etc. Mediante esa emoción, el ánimo se altera, producto de un sentimiento de este tipo.
Señala la Real Academia Española (RAE) en su diccionario: constituye un interés repleto de expectativa con que se participa en algo que está sucediendo.
Y respecto de la pasión (del latín, patior, que significa sufrir o sentir) es una especial clase de emoción definida como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. Así, la pasión es una emoción intensa que engloba el entusiasmo o deseo por algo. El término también se aplica a menudo a un vivo interés o admiración por una propuesta, causa, actividad y otros. Se dice que a una persona le apasiona algo cuando establece una fuerte afinidad.
Durante muchísimo tiempo la oralidad fue la única forma de trasmitir historias, y aún hoy mucho de lo escrito se basa en esa tradición oral. Luego llega la escritura, y después la lectura, tal y como la entendemos ahora. La lectura de textos escritos es, pues, la última fase en este proceso comunicativo de nuestra especie. Frente a lo escrito, sentimos de dos maneras: con extrañeza o con identificación. Leemos y escribimos porque necesitamos el vínculo con la palabra. Somos palabra.
Un legado maravilloso que viene de la experiencia, de la creatividad o de la imaginación de otro ser humano que, como aquella primera célula solitaria, buscaba y busca a su alrededor con quién comunicarse y aprender a sobrevivir y perdurar.
¿Qué es lo que queremos como lectores? Que la lectura nos atrape. ¿Qué es lo que quisiéramos como escritores? Atrapar al lector, encantándolo con lo que contamos. Nuestra consigna es y será siempre conseguir atrapar al lector.
Les voy a leer uno de los cuentos de Las mil noches y una noche, que dice así:
“Cuentan, pero Alá sabe más, que hace algún tiempo cierto sultán cabalgaba hacia La Meca con su séquito, y en el trayecto se encontró a un decrépito asceta que plantaba una palmera a la orilla del camino. El sultán desmontó, y se dirigió a él en estos términos:
Pero, viejo, ¡usted ya es un anciano! Ya no alcanzará a ver crecer este joven árbol, menos a saborear sus dulces frutos.
A lo que el viejo, impasible, le respondió:
–Plantaron, y comimos. Plantemos, para que coman.
El sultán se admiró de tan grande generosidad y le entregó cien monedas de plata, que el anciano tomó haciendo una zalema, y luego dijo:
–¿Has visto, ¡oh, rey!, cuán pronto ha dado fruto la palmera?
Más y más asombrado, el sultán, al ver cómo el ingenioso viejo tenía sabia salida para todo, le entrega otras cien monedas. Éste las besa y luego contesta prontamente:
-¡Oh, sultán!, lo más extraordinario de todo es que generalmente una palmera sólo da fruto una vez al año y la mía me ha dado dos en menos de una hora.
Maravillado está el sultán con esta nueva salida, ríe y exclama dirigiéndose a sus acompañantes:
-¡Vámonos! ¡Vámonos pronto! Si nos quedamos aquí más tiempo, este buen hombre se quedará con mi bolsa a fuerza de ingenio”.


Este tipo de cuentos atrapa al lector.  

Pero, ¿desde dónde se lo atrapa?


Primeramente, desde el sonido. La música es lo más cercano al poema. Algunos incluso llegan a decir que la poesía no es parte de la literatura, por tanta cercanía con las artes plásticas y la música. Los denominados géneros literarios ya no son compartimentos estancos, nos sirven hoy por hoy sólo formalmente, son como los estantes de una biblioteca. Pero hay algo que es insoslayable: los escritores que vienen desde la poesía y arriban –quizá por una cuestión de exigencia del mercado editorial– a la prosa, trabajan el texto desde otro lugar, uno mucho más elaborado, cuidando de esa particular musicalidad y un especial burilado de la palabra.

Seamos entonces artesanos, aprendamos a burilar. Porque mientras escribimos –sobre todo poesía– descubrimos quiénes somos.

Desde los libros, cualquiera sea el formato libro en que leamos, nos hacemos amigos de los escritores, que nos atrapan con sus relatos. Cada uno tiene su forma de atrapar la realidad.

La consigna para el taller de este año es el hallazgo de la poesía en la narrativa.

En ese sentido, comenzaremos leyendo un cuento de Silvina Ocampo, nuestra gran escritora argentina del siglo XX, que resemantiza, brinda un nuevo significado al mito de Ulises, el viajero eterno. Primeramente, les recuerdo qué es un cuento: es una narración atravesada por un conflicto. Y veremos que respecto de los temas, desde la noche de los primeros tiempos literarios, son siempre los mismos.

Ulises

Ulises fue compañero mío, en la escuela, cuando pasé del jardín de infantes a primer grado. Tenía seis años, uno menos que yo, pero parecía mucho mayor; la cara cubierta de arrugas (tal vez porque hacía muecas), dos o tres canas, los ojos hinchados, dos muelas postizas y anteojos para leer, lo convertían en un viejo. Yo lo quería porque era inteligente y conocía muchos juegos, canciones y secretos que sólo saben las personas mayores. La maestra no sentía por él ninguna simpatía; decía que era muy consentido y mentiroso; yo sé que un día
lo encontró fumando en la calle, y sospecho que ésta era la verdadera causa de su desaprobación. Aunque yo pensara que mi maestra era demasiado severa, debí reconocer a la larga que Ulises contaba cosas muy extrañas, que no parecían ciertas, y llegué en algún momento a creer que en efecto era lo que vulgarmente se llama un mentiroso. A mediodía, pues asistíamos al turno de la mañana, iba a buscarlo a la escuela una mujer distinta o que me parecía distinta; poco a poco fui individualizando a cada una de estas mujeres, que en definitiva eran tres. Supe que se trataba de las trillizas Barilari, que lo habían adoptado. Las trillizas tenían setenta años, pero entre los trillizos hay uno que es mayor y otro menor. Yo imaginé que la mayor era una que parecía una jirafa, no sólo por el porte sino por la manera de mover el cuello y la lengua, y no me equivoqué. Otra, que debía de ser la segunda, era de estatura mediana y muy menuda. La menor era una mezcla de las otras dos, pero más ágil. Las tres eran alegres y tarareaban alguna canción en boga, cuando esperaban a Ulises en la puerta de la escuela, aunque lloviera, hiciera mucho frío o calor sofocante. Solían comprar chupetines y cubanitos a los vendedores que merodeaban para tentar a los niños con las golosinas.
—¿Son buenas tus tías? —le pregunté un día a Ulises—.
—Son bulliciosas —me contestó—. No lo creerás. Acabo el día casi siempre con dolor de cabeza, por eso uso anteojos (no porque tenga astigmatismo, como dicen ellas). Además, rompen todo, porque andan a los golpes saltando como cabras por la casa. A veces me encierro en el cuarto de baño para no oírlas. Pero cuando me encierro es peor, porque vienen a golpear la puerta y me gritan por turno:
¿Qué hacés, qué hacés, Ulisito? ¿Vas a terminar? Ya te dije que no te encerraras con llave. ¿Acaso sos un viejo?". Cuando no les abro la puerta en seguida, las oigo que lloran y que lloran, y cuando les abro, no porque me den lástima sino porque me aburren, descubro que lloran en broma. A veces les digo:
"Un día las voy a matar". Se matan de risa las tres. Parece que les hicieran cosquillas. Después de todo, no me preocupo porque son locas, aunque digan que soy yo el loco. De noche me desvelo de tanto oír decir: "Si no te dormís vas a tener cara de viejo". Termino por no dormir. Entonces me levanto y en puntillas entro en el cuarto de la Laucha —así llamaba a la menor de las trillizas— y le robo de la mesa de luz un somnífero asqueroso.
—¿Qué es un somnífero? —pregunté.
—Una droga que hace dormir ¿qué va a ser?
 —¿Qué es una droga?—.
—Buscá en el diccionario. No soy maestro.
Este diálogo no parece que pudiera existir entre un niño de siete años y otro de seis, pero en mi memoria así ha quedado grabado y si los términos en que nos expresábamos no eran exactamente los mismos, el sentido que queríamos dar a nuestras palabras era exactamente el mismo. Naturalmente que el que hablaba todo el tiempo era Ulises, yo simplemente hacía preguntas o comentarios sobre lo que él me decía.
Ya pasado el invierno Ulises parecía mucho más demacrado que mis otros compañeros. Yo sabía que los niños que viven encerrados en sus casas, en invierno, que madrugan para ir al colegio, que salen de sus casas sin haberse desayunado porque vuelcan la mitad de la leche sobre la mesa o sobre el delantal (lo que es peor), se adelgazan y parecen enfermos a veces. Ulises no parecía enfermo sino muerto.
Me invitó a su casa para el día de su cumpleaños. Nadie le había regalado nada. ¿Juguetes? ¿Quién se los iba a regalar? ¿Libros? Los habría leído todos.
¿Bombones? No le gustaba ninguno. El único regalo que recibió fue el que yo le llevé: una docena de pañuelos. Dicen que no hay que regalar pañuelos porque son lágrimas, pero yo no hice caso y se los regalé. Aquel día me hizo confidencias: me dijo que estaba cansado de ser como era, que iría a consultar a una adivina que vivía en un lugar bastante retirado, que en su casa diría que saldría conmigo y que lo ideal sería que esto no fuese mentira. Después de pensarlo mucho resolví acompañarlo. Yo dije a mis padres que pasaría la tarde en la plaza, con Ulises, y que las trillizas Barilari irían a buscarnos. Ulises dijo a las trillizas que mis padres irían a buscarnos y como no se conocían no podían averiguar que esto no era verdad. En el camino me habló de la sibila Artemisa, de la sibila Eritrea, de la sibila Cumea, de la Amaltea y de la Helespóntica: conocí los oráculos de cada una. Yo no entendía nada de todo ese palabrerío y me parecía que estaba delirando, pero después comprendí que él había consultado un libro titulado Práctica Curiosa o Los oráculos de las Sibilas. En este libro, me lo explicaron mucho tiempo después, había listas de preguntas y de Sibilas con un acertijo de números en que uno podía buscar una contestación adecuada, según la suerte, a cada pregunta. El único inconveniente que había era que las preguntas no eran las que suelen hacer los niños, de modo que en su mundo, por más viejo que Ulises se sintiera, no existía la zozobra ni el interés por consultar algunas cosas. Durante mucho tiempo Ulises empleó ese libro como entretenimiento, luego como libro de consulta, que desechó casi inmediatamente, para ir en busca de lo que era para él una verdadera adivina.
Caminábamos en busca de la casa de Madame Saporiti, la adivina. De vez en cuando Ulises buscaba en el bolsillo un papelito doblado, lo consultaba y volvía a guardarlo. Se detenía de pronto, como si hubiera perdido algo, buscaba de nuevo en el bolsillo y sacaba un pañuelo atado por las cuatro puntas, lo desanudaba, contaba el dinero que tenía adentro, luego volvía a guardar el pañuelo después de anudar sus puntas, con el dinero adentro. Caminábamos ligero, pero no sentíamos el cansancio ni la tentación de demorarnos en el camino mirando los escaparates o los carritos de los vendedores de golosinas. En un abrir y cerrar de ojos, llegamos a la casa de la adivina. Un diminuto jardín, que parecía rodear la tumba de un cementerio, adornaba el frente de la casa.

Abrimos el portón, que no medía más de diez centímetros de alto, y tocamos el timbre, con emoción. Al cabo de un largo rato, con mucho ruido y mucha dificultad, nos abrieron la puerta. Madame Saporiti en persona nos hizo pasar.
Estaba vestida de entrecasa con un batón de frisa color solferino; en la cabeza llevaba puesto un tul azul eléctrico. Era de mediana estatura, pero corpulenta y empolvada. La seguimos por un corredor oscuro, a la sala, donde nos dejó esperando. Pasada la primera emoción miramos los detalles del cuarto. Nos reímos. Todos los muebles que había en ese cuarto estaban envueltos en forros de celofán: la araña, en primer término, después venía el piano perpendicular, después una estatua que parecía un fantasma y finalmente una caja que parecía de música y todos los sillones y las mesas. Los forros brillaban y dejaban entrever la forma y el color de cada objeto. Nos pusimos a reír. Nunca habíamos visto una casa como esa. Cuando Madame Saporiti vino a atendernos, nos dijo con tono severo:
—Parece que no les gusta mi casa.
—¿Por qué?
—Porque yo me doy cuenta de todo y aunque no hablen adivino lo que están pensando.
Madame Saporiti nos hizo pasar a su dormitorio.
—¿Cuál de ustedes es el que quiere que le adivine la suerte?. Me llamaron muy temprano esta mañana por teléfono. Se ve que tienen mucho interés en conocer el porvenir. ¿Cuál de ustedes es...?.
—Soy yo —dijo Ulises, comiéndose una uña—.
Madame Saporiti se sentó y buscó en un cajón las barajas.
—Este es el grand taraud.
Dispuso los naipes sobre la mesa, en fila: Ulises tuvo que tapar todos los naipes de la fila con otros naipes que ella le dio a elegir. A medida que Madame Saporiti disponía de modo diferente los naipes sobre la mesa, iba prediciendo el porvenir; todos los inconvenientes que Ulises tenía en su casa, iba enumerándolos como si yo se los hubiera contado. Le habló de su desdicha, que consistía en parecer un viejito. La ceremonia de las cartas duró una hora.
Cuando terminó, Ulises, que había perdido toda su timidez, preguntó:
—¿No tendría un filtro?
—¿Para qué? —preguntó asombrada Madame Saporiti—.
—Para dejar de ser viejo —contestó Ulises—. Se lo voy a pagar.
—No hablemos de eso. No hay filtros para niños —dijo Madame Saporiti—.
—Como no soy un niño, eso no importa.
—Tienes razón —respondió Madame Saporiti—. Te prepararé un filtro, ya que lo pides, pero saldrá un poco costoso.
Ulises sacó del bolsillo el pañuelo, desanudó las puntas, mostró el dinero e interrogó:
—¿Esto alcanza?
Madame Saporiti con el dedo mayor apartó las monedas de diez pesos, que eran muchas y respondió:
—Creo que sí.
En el cuarto contiguo alguien tocaba el piano. Aquella música me dio un poco de sueño y me dormí. ¿Cómo Madame Saporiti preparó el filtro? ¿Cómo Ulises lo bebió? No sé. Me despertó el ruido del vaso de vidrio sobre el plato de porcelana, que Madame Saporiti puso cuidadosamente sobre la mesa. Contemplé a Ulises, con asombro. No parecía el mismo. Su tez pálida se tornaba rosada, sus ojos brillaban y miraban nerviosamente de un lado a otro, como los de cualquier niño travieso. Pero no era ese el Ulises que yo quería, tan superior a mí y a mis compañeros de escuela.
Salimos de la casa de Madame Saporiti corriendo. En el camino nos detuvimos a mirar los escaparates y en una frutería robamos dos naranjas.
Caminábamos, o corríamos más bien dicho, como si tuviéramos alas. Pero yo pensaba en Ulises, el que había dejado de ver en la casa de la adivina, como si hubiera muerto.
Cuando llegamos a la casa de las trillizas, le pregunté a Ulises:
—¿No nos van a retar?
—No tienen tiempo de ocuparse de nosotros. Son muy frívolas
—respondió Ulises—.
En cuanto tocamos el timbre, una de ellas, la Jirafa, vino a abrirnos. Si Ulises no era el mismo, la Jirafa tampoco era la misma: había sufrido una transformación contraria. Había perdido el aire jovial que la mantenía joven, a pesar de su edad.
—¿Dónde fuiste? —preguntó—. ¿Por qué volvieron tan tarde?. Nosotras aquí esperando y esperando. Esto no es vida.
Entraron en la habitación donde las otras dos hermanas estaban tejiendo.
Tenían puestos anteojos negros y temblaban tanto que no podían tejer.
Las dos gritaron al mismo tiempo:
—¿De dónde vienen? ¿Qué has hecho, Ulisito?. Nunca te vi tan lindo y con ese color tan rosado en las mejillas. Ya no parecés un viejo. Te llamaremos Niñito, como las vecinas a sus hijos; pero ¿dónde fuiste? ¿Qué has hecho?.
—Fui a ver a una adivina.
—¡Ave María!
—Y me dio un filtro: el filtro de la juventud, así lo llama.
—¿Y dónde vive esa adivina?
Ulises sacó inocentemente de su bolsillo el papelito, con la dirección de la adivina. Una de las trillizas se lo arrebató.
—Iremos a verla —dijeron las tres a coro—. Iremos mañana mismo.
Al día siguiente fui de visita a casa de Ulises. Cuando llegué las trillizas no habían vuelto del consultorio de la adivina. Ulises de pronto se puso triste y viejo. "Qué suerte" pensé, "otra vez reconozco a mi amigo, con su inteligente cara arrugada." Sentí ganas de abrazarlo y decirle: "No cambies". Me miraba con desconfianza. Cuando llegaron las trillizas saltando con una peluca en la mano, resolví irme, pero no me dejaron y me dieron mil besos y me acariciaron. Se probaron la peluca, me consultaron, rieron. En ronda bailaron alrededor de Ulises, cantando "Aquí está el viejo, aquí está el viejo".
Al día siguiente Ulises fue en busca del filtro y volvió a parecer joven y las viejas a parecer viejas. Y al día siguiente las viejas fueron en busca del filtro y parecieron jóvenes y Ulises viejo. Le aconsejé que se quedara como estaba, porque ya no le alcanzaba la plata para comprar los filtros. Me hizo caso. Además sabía que yo naturalmente lo prefería arrugadito y preocupado”.



Y por hoy, dejamos aquí. Recuerden que pueden subir sus textos al blog.

La tarea -si quieren hacerla- es realizar un texto, que podría ser en un poema, una prosa poética o una prosa donde exprese desde la visión de una niña o un niño un hecho específico. Y comenzaremos la clase próxima leyendo esos textos de ustedes. 

Les pido que lean, o relean para quienes lo conocen, el poema Ítaca del gran poeta griego Constantin Kavafis, que copio y pego aquí: 


Cuando te encuentres de camino a Ítaca, 
desea que sea largo el camino, 
lleno de aventuras, lleno de conocimientos. 
A los Lestrigones y a los Cíclopes, 
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás, 
si mantienes tu pensamiento elevado
, y selecta 
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta. 
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás, 
si no los llevas dentro de tu alma, 
si tu alma no los coloca ante ti.
Desea que sea largo el camino. 
Que sean muchas las mañanas estivales 
en que con qué alegría, con qué gozo 
arribes a puertos nunca antes vistos, 
deténte en los emporios fenicios, 
y adquiere mercancías preciosas, 
nácares y corales, ámbar y ébano, 
y perfumes sensuales de todo tipo, 
cuántos más perfumes sensuales puedas, 
ve a ciudades de Egipto, a muchas, 
aprende y aprende de los instruidos.
Ten siempre en tu mente a Ítaca. 
La llegada allí es tu destino. 
Pero no apresures tu viaje en absoluto. 
Mejor que dure muchos años, 
y ya anciano recales en la isla, 
rico con cuanto ganaste en el camino, 
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje. 
Sin ella no habrías emprendido el camino. 
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó. 
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.


Los temas a trabajar son los de este cuento que vimos: la vejez / la voz / el paso del tiempo / el tiempo mismo / el hombre como viajero eterno / la resemantización del mito de Ulises. 


¡Hasta el próximo encuentro!



miércoles, 13 de abril de 2016

Entrada I - apertura año poético literario MMXVI


El hallazgo de la poesía en la narrativa




El acto de hallar significa antes haber buscado.

El tema del taller de lectoescritura de la Fundación Argentina para la Poesía –FAP– este 2016 será “La poesía en la narrativa”. Con el mismo brío, volvemos a abrir el ciclo en nuestro tercer año consecutivo.

 ¿Dónde está el límite entre la poesía y la prosa? ¿Dónde está la brecha, ese abismo fisurado de realidad?

Hoy decimos que ya no está. Porque ya en el siglo XXI el de los géneros literarios es un territorio indefinido, donde los límites ya están difuminados, las fronteras se diluyeron, cayeron los muros. Todo depende del narrador. Y todos narramos, hasta con el silencio narramos.

La propuesta en este nuevo ciclo es trabajar en ese horizonte.
Encontrar la poesía en los textos narrativos, buscar, bucear, leer en voz alta para encontrar la voz narradora y poética de cada uno.

Leeremos por ejemplo textos de –y escribo a vuelo de pájaro-  Abelardo Castillo, Angélica Gorodischer, Isidoro Blaisten, Jorge Luis Borges, Juan José Millás, Silvina Ocampo, Alberto Manguel, Mario Benedetti, Roberto Bolaño, Aurora Venturini, María Rosa Lojo, Juan José Saer, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, María Ganata, Rosa Montero, Eduardo Galeano, Umberto Eco, los Lamborghini, y tantos tantos más.

Y los poetas nuestros de cada jueves, y los recursos nuestros que descubramos en ellos desde la competencia del lector. Y de vez en cuando, la visita de una escritora o de un escritor para que juntos disfrutemos de su palabra.

Y por supuesto y como siempre, en los últimos 20 minutos, también volcaremos esa hora de trabajo en el molde personal poético que nos haya influido. Como siempre, con toda la energía de la palabra. Te esperamos. Comenzamos el jueves 14 de abril.

En el 4to piso de la SADE, Sociedad Argentina de Escritores, para la FAP, los jueves de 19 a 20.30.

Porque “El mejor momento de leer poesía es cuando somos casi capaces de escribirla” dice Virginia Woolf. Y el acento, digo, está siempre en el casi.

Dale, ¿venís? Al abordaje, vamos. 

En este año bisiesto (¿dos siestas? jaa ojalá, dos siestas poéticas), año de los cuartos centenarios: el de la muerte del gran Cervantes, el más insigne escritor de nuestra lengua castellana; el de la muerte del Padre de las Letras de América, el Inca Garcilaso de la Vega; el de la muerte del más ilustre bardo inglés, el siempre genial William Shakespeare, y del bicentenario de la Independencia de la Argentina, seguimos creyendo que no hay cauce sin el río que lo socave, que la poesía es un modo de percibir el mundo. 

Pero, escuchame: antes tenés que inscribirte. ¿Dónde? 

Aquí è  Fundación Argentina para la Poesía <mensajes@letrasargentinas.com.ar>



Nos vemos, en la poesía siempre. 
Sandra Pien, otoño 2016