jueves, 11 de agosto de 2016

Clase N° 17 /año 3 - jueves 4 de agosto 2016

Crónica de una nueva experiencia

ATRAVESADOS POR LA TECNOLOGÍA:

PRIMER TALLER LITERARIO 
POR RADIO
VÍA STREAMING


Vía Streaming por www.onradio.com.ar los jueves de 18 a 19 hs, horario de la Argentina.

Es y fue un volver a empezar. Porque como decía Marshall McLuhan, el medio es el mensaje.
Es que el jueves pasado comenzamos una interesante experiencia: un taller de lectoescritura online, que suponemos es el primero en su género. Un nuevo medio para trasvasar de manera global una comunicatividad interactuada, como lo es todo saber enseñable, que sin duda se irá construyendo y mejorando sobre la marcha.
Con emoción caótica resultó la primera transmisión. Señalamos una vez  más como un mantra nuestro credo: un poema es una emoción contada. Y desde allí partimos.




Como miembros de la Comisión Directiva de la FAP –Fundación Argentina para la Poesía– nos dieron la bienvenida a esta nueva plataforma para esta primera transmisión del taller online Abordajes poéticos la vicepresidenta de la Institución, Sra. Lidia Vinciguerra y el secretario de la FAP, Sr. Norberto Barleand. Y estuvieron presentes los asistentes al taller, a quienes allí presentamos: Anna Martelli, María Gold, Alejandro Biedma, Alba Estrella y Gabriel Cherulñec. Como siempre, la atenta Norma Belleri nos sirvió café al gusto de cada uno.
La inmanente a nuestro espíritu música de Astor Piazzolla nos bendijo tanto al comienzo como al final del programa-taller.
En algún lado quedó grabado el audio del programa, a la espera de que sea colocado quizá en alguna plataforma accesible a todos. Mientras e igualmente, seguiremos subiendo las clases de la más clásica manera del periodismo gráfico: ésta.

Como señala en su estatuto fundacional: 


La Fundación Argentina para la Poesía (FAP) es una institución sin fines de lucro cuyo propósito es promover la poesía, ayudar a sus cultores mediante la organización de concursos, premios, becas, conferencias, congresos y hacer público el reconocimiento a quienes contribuyeron, sin ser poetas, a difundir la poesía. 


Y claro que hablamos de poesía. Y de nuestra poeta invitada para la ocasión: María Elena Walsh, de la que sólo pudimos leer un par de poemas. Es que el tiempo físico del programa se nos escurrió entre los dedos del tiempo emocional y experimental.
Vimos ediciones diversas de sus obras y nos referimos a su trayectoria tanto literaria como artística. Recordamos apenas uno de los recursos estilísticos vinculados con su poesía: la prosopopeya.






María Elena Walsh (Ramos Mejía, Buenos Aires, 1° de febrero de 1930 – Buenos Aires, 10 de enero de 2011)

Aunque todos saben que no me gusta realizar tontos rankings, ella es una de nuestras grandes poetas. Fue poeta, música, cantante, compositora, periodista, crítica literaria. Nació en 1930 en Ramos Mejía, de padre ferroviario de ascendencia inglesa, y de ascendencia andaluza por parte de la madre.

El escritor Leopoldo Brizuela ha puesto de relieve el valor de su creación diciendo que «lo escrito por María Elena configura la obra más importante de todos los tiempos en su género, comparable a la Alicia de Lewis Carroll o a Pinocho de Carlo Colodi; una obra que revolucionó la manera en que se entendía la relación entre poesía e infancia».

En el panorama de la música infantil en Latinoamérica, ella se destaca junto a grandes maestros. Especialmente famosa por sus obras infantiles, entre las que se destacan el personaje/canción Manuelita la tortuga y los libros Tutú Marambá, El reino del revés, Dailan Kifki y El monoliso, es también autora de varias canciones populares para adultos, entre ellas las maravillosas Como la cigarra, Serenata para la tierra de uno y El valle y el volcán.

Otras canciones de su autoría que integran el cancionero popular argentino son La vaca estudiosa, Canción de Titina, El Reino del Revés, La pájara Pinta, La canción de la vacuna (El brujito de Gulubú), La reina Batata, El twist del Mono Liso, Canción para tomar el té, En el país de Nomeacuerdo, La familia Polillal, Los ejecutivos, Zamba para Pepe, Canción de cuna para un gobernante, Oración a la justicia, Canción de caminantes, etc. Entre sus álbumes destacados se encuentran Canciones para mirar (1963) y Juguemos en el mundo (1968).

La conocida película de dibujos animados Manuelita (1999), dirigida por Manuel García Ferré para el público infantil, se inspira en su famoso personaje y reúne sus canciones.

Hacia 1948 formó parte del movimiento literario de La Plata, que se reunió en torno al sello editorial Ediciones del Bosque, creado por Raúl Amaral. Esta editorial publicó algunas de sus obras poéticas. Entre 1951 y 1963 formó el dúo Leda y María junto a Leda Valladares y entre 1985-1989 fue designada por el presidente Raúl Alfonsín para integrar el Consejo para la Consolidación de la Democracia. Entre los artistas que difundieron el cancionero de María Elena Walsh se destacan el Cuarteto Zupay, Luis Aguilé, Mercedes Sosa, Jairo, Rosa León y Joan Manuel Serrat.
Durante toda su carrera publicó más de 20 discos y escribió más de 50 libros.

A lo largo de su vida formó pareja con la folklorista Leda Valladares, la directora de cine María Herminia Avellaneda y la fotógrafa Sara Facio, con quien vivió desde inicios de la década de 1980 hasta su muerte.

Su padre era ferroviario, y ambos, argentinos. Abuelos paternos ingleses y abuela materna andaluza. De la cultura popular inglesa, María Elena tomaría las nursery rhymes, tradicionales canciones para niños, como Baa Baa black sheep o Humpty Dumpty, que su padre le cantaba de niña, así como el hábito de las construcciones verbales que caracterizan al nonsense (el sin sentido) británico, como una de las principales fuentes de inspiración en su obra.

Fue criada en un gran caserón de Ramos Mejía, en el Gran Buenos Aires, con patios, gallinero, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera. En ese ambiente emanaba mayor libertad respecto de la tradicional educación de clase media de la época. La canción Fideos finos ("Voy a contarles qué había/entonces en Ramos Mejía") y su primera novela, Novios de antaño (1990), de raíz autobiográfica, están dedicadas a relatar y reconstruir los recuerdos de su infancia.

Tímida y rebelde, leía mucho desde adolescente. En 1945, a los 15 años, publicó su primer poema en la revista El Hogar (número dedicado a la primavera), titulado Elegía. Ese mismo año escribió también en el diario La Nación.

En 1947, con 17 años, sufrió la muerte de su padre y publicó su primer libro, un poemario titulado Otoño imperdonable, que recibió el segundo premio Municipal de Poesía, aunque el jurado se excusó diciéndole que no le habían otorgado el primero porque era demasiado joven. 

Se trata de un libro notable, que llamó de inmediato la atención  en el mundo literario hispanoamericano. Reúne poemas escritos entre los 14 y los 17 años que sorprenden por la madurez expresiva y por un estilo natural, plenos de hallazgos y juegos líricos, como en «Término», donde se define a sí misma como «un sitio donde florecerá la muerte».

El libro fue elogiado por la crítica y por algunos de los más importantes escritores hispanoamericanos del momento, como Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Eduardo González Lanuza y Pablo Neruda.

Luego de finalizar sus estudios secundarios en 1948, y de recibirse como profesora de Dibujo y Pintura, aceptó la invitación de Juan Ramón Jiménez (autor de Platero y yo) de visitarlo en su casa de Maryland (Estados Unidos), donde permanecería seis meses durante 1949. Se trató de una experiencia compleja, porque dicen que Jiménez la trató impiadosamente, sin ninguna consideración por sus necesidades e inclinaciones personales. La propia María Elena describiría unos años después esa experiencia en estos términos:

                    
Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo. Con generosa intención, con protectora conciencia, Juan Ramón me destruía, y no tenía derecho a equivocarse porque él era Juan Ramón, y yo, nadie. ¿En nombre de qué hay que perdonarlo? En nombre de lo que él es y significa, más allá del fracaso de una relación.

De vuelta en Buenos Aires y ya sobre el filo de la mitad del siglo, María Elena frecuentó los círculos literarios e intelectuales y escribió ensayos en diversas publicaciones.

En 1951 publicó su segundo poemario, Baladas con Ángel. El libro fue editado en un mismo volumen con Argumento del enamorado, del igualmente joven escritor Ángel Bonomini, quien por entonces era novio de María Elena. El volumen constituye un todo en el que dos enamorados intercambian sus emociones expresadas en versos.

En esta oportunidad Walsh recurre a la balada para construir su obra poética, una forma lírica erigida a partir de la musicalidad de su estructura, probablemente reflejando la influencia de Jiménez. Las mismas muestran a la poeta en un momento de optimismo y alegría inducido por el amor, pero a la vez dejan traslucir una insatisfacción de fondo que pronto estallaría.

Estas emociones pueden encontrarse en Balada del tiempo perdido, donde la escritora exterioriza la angustia que la venía acosando, calmada ahora por la llegada del amor:

Como a sus vanas hojas
el tiempo me perdía.
Clavada a la madera de otro sueño
volaban sobre mí noches y días.

Poblándome de una
nostalgia distraída
la tierra, el mar, me entraban en los ojos
y por ociosas lágrimas salían.


María Elena Walsh ("Balada del tiempo perdido", frag., en Baladas con Ángel)

 
María Elena Walsh parecía comenzar a definir su vida como una de las más prometedoras figuras del mundo intelectual porteño. Sin embargo, aunque nadie lo percibiera, se sentía asfixiada: por las represiones familiares y sociales relacionadas con una sexualidad que siempre mantuvo reservada a la intimidad, por los celos y pequeñas traiciones del mundillo cultural, y por un clima político polarizado entre peronismo y antiperonismo, tendencia esta última con la que se identificaba la joven.

En ese momento, su vida estaba a punto de pegar un notable viraje: formarán ella y Leda Valladares el dúo Leda y María. De allí en más, casi todo –vida y obra en MEW–  es conocido.

Lectura de la dedicatoria de Otoño imperdonable

Dedicatoria

Piénsame como en la fotografía
con mi perfil rondando tu apellido
Brizna desmemoriada que ha crecido
al lado de tu voz, amiga mía.

Yo soy aquella fiebre de papeles
que por los corredores de la escuela
admiraba tu mundo de acuarela
y la política de tus pinceles.

Soy el antaño de tus mediodías
y aquel afán donde te reconoces
quien buscaba tu voz entre las voces
y quién tanto lloró porque sufrías.

Mi corazón en todo te comprende
-desde su cerradura o con su llave-
pero perdónalo porque no sabe
en dónde acabas tú y empieza el duende.

Digo que eres sostén y nervadura
de esta riqueza que no llamo mía
porque eres la verdad de mi alegría,
porque estoy reclinada en tu dulzura.

No encuentro nada venturoso y nuevo
que presida el candor de mi confianza
alargaré en tu nombre la esperanza
hasta pagarte lo que no te debo.

En la ciudad de mi palabra fría
ardiendo está tu ausencia y tu latido.
Mucho antes de partir me habré perdido
sin tu mano en mi mano, amiga mía.

Danza con mi paraguas arlequines
prende mi luz y mírate en mi espejo
De todo me desprendo y te lo dejo:
la lapicera, el canto, los patines.

Te estoy queriendo, única y primera
desde mi soledad exagerada.
Siempre estaré de frente en tu mirada
y asistiendo a tu sombra verdadera.

Dame la mano y vamos a algún lado
con los pinceles como pasaporte
Las dos con una brújula sin norte
Las dos con un reloj equivocado.

El poema está estructurado en 10 estrofas de cuartetos endecasílabos.
Quién es la amiga suya: la poesía, sin dudarlo. Y en aquel último cuarteto, desde el primer verso que señala: Dame la mano y vamos a algún lado… está pergeñado ya el título y la síntesis de aquel bello poema titulado Dame la manos y vamos ya.

Fue rebelde, sensible y solitaria. Escribió sonetos, fue miembro de la generación del ´40.



La consigna para nuestro siguiente encuentro es escribir un poema o un texto de prosa poética “a la manera de”, en este caso, a la manera de María Elena Walsh. ¿Por qué? Porque aprendiendo y aprehendiendo la poética, es decir la manera de escribir de otros, allí comenzaremos a darnos cuenta y descubrir nuestra propia escritura.

Nuestra cita es aquí, recuerden:

 Vía Streaming por www.onradio.com.ar los jueves de 18 a 19 hs, horario de la Argentina.



Y un testimonio al final de la jornada, 
en la puerta de la radio. 


Al salir del primer "Abordajes Poéticos" Taller de la Fundación Argentina para la Poesía en su nuevo formate online, guiado por la poeta Sandra Pien.
Norberto Barleand-Alba Estrella-María Gold- Sandra Pien y quien sube esta imagen (Lidia Vinciguerra)





...y ahora yo tomo la foto y se une al grupo Gabriel Cherulñec




¡Gracias, Lidia!


  ¡Buena semana poética para todos! 


martes, 2 de agosto de 2016

Clase N° 16 /año 3 - jueves 28 de julio 2016


LA MINIMALISTA Y POTENTE POÉTICA
DE JUAN RULFO


Hoy leeremos un cuento fundamental: No oyes ladrar los perros, de unos de los grandes escritores de la literatura latinoamericana, el mexicano Juan Rulfo.




El cuento se basa temáticamente en la narración del conflicto entre un padre y su hijo, tema fundamental en la ficción de Rulfo.

No es éste, sin embargo, el único tema del cuento, ya que el mismo pone en evidencia otros que se repiten en la obra del escritor y que permiten considerar a No oyes ladrar los perros como un posible punto de entrada para estudiar la totalidad de la producción escrita de Rulfo.

·        las relaciones familiares,
·        la visión subjetiva del espacio, que lleva a la alienación y la fragmentación del cuerpo,
·        la inutilidad del lenguaje como medio de comunicación,
·        el tiempo y su ordenamiento cronológico.



Esta historia, incluida en el volumen de cuentos El llano en llamas (1953), presenta a un padre llevando a su hijo herido al pueblo para intentar que lo curen.
Puede dividirse en dos partes.

La primera cuenta el viaje de padre e hijo y acaba en el momento en que el padre avista el pueblo.

La segunda parte es breve, de unas pocas líneas y en ella el padre oye ladrar los perros que le anuncian la presencia del pueblo, y reprocha al hijo su falta de ayuda, mientras que el mismo no responde por estar desfallecido o muerto.

La narración se estructura en base a la relación entre Ignacio, el hijo, y su padre, cuyo nombre se ignora.

Dicha relación se revela a través del diálogo que mantienen ambos cuando Ignacio, herido en el llano, es llevado a cuestas por su padre hacia el pueblo de Tonaya, durante la noche, para ser curado.

De alguna manera el cuento plantea la aventura del héroe y, en este caso, los héroes son dos: el hijo, un antihéroe corrupto y malogrado, y el padre, un héroe salvador.

Además de este aspecto casi mítico del tema del héroe, es posible observar en las relaciones paterno-filiales y en su deterioro las transformaciones que en el medio social del campo mexicano estaba trayendo consigo el cambio de modos productivos, de uno de carácter latifundista que sostenía relaciones sociales de tipo más bien cuasi-medieval, a una explotación capitalista y privada de la tierra.

Como resultado de los cambios sociales y económicos operados en el territorio mexicano a partir de la Revolución de 1910 y más precisamente en las décadas de los años 30s a 50s del siglo pasado, la forma de vida tradicional del campesino estaba cambiando, como así también sus relaciones familiares.

Por ejemplo, en este cuento, el padre salva a su hijo, quien antes había matado a su padrino, hecho gravísimo bajo la óptica de una relación tradicional de compadrazgo.

A medida que transcurre la historia, la relación entre padre e hijo cambia de tono emocional, cambio que se percibe a través del uso de “usted” y de “tu” que hace variar las distancias afectivas entre ambos.

 El padre trata de “usted” a Ignacio cuando le reprocha su actitud: “Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos”.

El “tu” acerca emocionalmente al padre con el hijo: “-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.

La relación entre los cuerpos de estos dos personajes refleja su relación familiar.
La misma le pesa al padre, tanto física como emocionalmente, y se puede decir que mantiene a lo largo del relato una dirección vertical, uniendo un “allá arriba”, los hombros del padre donde se encuentra el hijo, con un “aquí abajo” en donde está anclada la voz y el punto de vista del progenitor:

“-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte”.

Este peso, esta carga, también tiene su parte positiva, porque los hombres, a pesar de sus conflictos, se unen para ayudarse. Es así como en el segundo párrafo del cuento aparece por primera vez la voz del autor, que sintetiza la relación física entre ellos aunándolos como una sola figura:

“La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante”.

Por supuesto que aquella “sombra larga y negra” tiene clara reminiscencia virgiliana, en aquella hipálage (figura retórica de sustitución) que señala: “Iban oscuros por las sombras bajo la noche solitaria”…

      Ibant obscuri sola sub nocte per umbram (Eneida 6:268)

La relación paterno-filial se ve signada, asimismo, por una ausencia dolorosa, la de la madre. Como en otros cuentos de Rulfo, por ejemplo “La herencia de Matilde Arcángel”, hay una referencia dolorosa a la madre, quien sólo aparece en el espacio de las palabras y de la memoria del padre.

A pesar de no estar presente, en este relato la mujer es el motor de las acciones, ya que según sabemos por las palabras del padre, si no fuera por ella, el hijo estaría “tirado allí” donde lo encontró el padre; es ella la que le da ánimos al viejo para que lo lleve a curarse: “Es ella la que me da ánimos, no usted” afirma el padre. Dice más adelante: “Todo esto que hago no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre”.

A pesar del deseo del padre de que el hijo se cure física y moralmente, comprende que aunque Ignacio se cure, “volverá a sus malos pasos”, no habrá cambiado su actitud para nada. Y quizás mejor entonces que la madre no esté presente; como afirma el padre: “Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas”.
Volviendo a Virgilio, podríamos hacer una suerte de paralelismo entre el canto II de la Eneida y este cuento, pero con algunas variantes. Veamos. En la Eneida, a Eneas se le aparece Héctor, el héroe troyano muerto por Aquiles, que le pide que rescate los penates y se los lleve de Troya. Eneas cumple el mandato y se lleva los dioses  penates (las cenizas de los antepasados). Cuando se está yendo, Eneas carga a hombros a su padre, Anquises, además de llevar de la mano a su hijo Ascanio, que luego para la tradición latina pasará a llamarse Iulo. El viaje de Eneas es un viaje de esperanza y piedad, Anquises no muere y transporta los penates a un lugar seguro. A la inversa, el viaje de Ignacio y su padre es de desesperanza e impiedad.
Asimismo, encontramos otro sistema de oposición en el que se sustenta el cuento: el llano mata y la ciudad cura; el llano es el desierto y la ciudad es la vida. Y mientras, hay una tensión que parece eterna.


Leamos en cuento y veamos su maestría.



NO OYES LADRAR LOS PERROS

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
— ¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja.
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
— ¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: «Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.» Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía.
Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme que ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí.
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa.
Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: «¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!» Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: «Ése no puede ser mi hijo.»
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porqué ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
— ¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: «No tenemos a quién darle nuestra lástima.» ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las
corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaban, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
— ¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.





“Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque sienta preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo…”
“En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz, todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda”.
Palabras de Juan Rulfo recogidas por María Teresa Gómez, en el libro “Juan Rulfo y el mundo de su próxima novela”.




Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, tal el nombre completo de Juan Rulfo (Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917 - Ciudad de México, 7 de enero de 1986), fue escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la generación del ´52. La reputación de Rulfo se asienta en sólo dos enormes libros: El Llano en llamas, compuesto por diecisiete cuentos y publicado en 1953, y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955.

“Definitivamente nací en Apulco, un pueblo perteneciente a San Gabriel y San Gabriel a su vez, es del distrito de Sayula y es un pueblo que no figura en los mapas siempre se da como origen la población más grande…” Palabras de Rulfo en el programa “A fondo” (1977)


Juan Rulfo es uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX. En sus obras se presenta una combinación de realidad y fantasía cuya acción se desarrolla en escenarios mexicanos. Sus personajes representan y reflejan el lugar con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas con el mundo fantástico. La obra de Rulfo, y sobre todo Pedro Páramo, es la bisagra de la literatura mexicana que marca el fin de la novela revolucionaria, lo que permitió las experimentaciones narrativas, como es el caso de la generación del medio siglo en México o los escritores pertenecientes al boom latinoamericano.

La zona donde nació era árida y pobre. Su padre fue asesinado siendo él pequeño. Su madre murió cuando JR tenía diez años y lo crió la abuela materna unos pocos años más hasta que murió; luego debió ir a un orfanato.




Aviso parroquial: gente, les contamos que ésta será la última clase física en el edificio de la SADE, la Sociedad Argentina de Escritores (de la calle Uruguay 1371, CABA), para este taller de la FAP, Fundación Argentina para la Poesía.
A partir de la semana próxima, este taller se dará exclusivamente online y a través de este link www.onradio.com.ar en el horario de los jueves de 18 a 19 hs, en vivo. 






 ¡Buena semana poética!