sábado, 9 de agosto de 2014

Clase N° 15 - 7 de agosto 2014

Vamos a dedicar esta clase a dos temas:

En primer lugar, vamos a ver algo de la vida y obra de Alejandra Pizarnik, ya que el próximo jueves nos visitará, en el marco del ciclo de conferencias que convoca la FAP, Cristina Piña, biógrafa de AP.

En segundo término, concluiremos con el tema del retrato, el autorretrato y los tres recursos literarios asociados, frente a la obra El Grito, de Edvard Munch.

Alejandra Pizarnik

Nació en Avellaneda el 29 de abril de 1936, como Flora (le decían Blume o Bluma, que en idish significa pétalo) Pizarnik Bromiker en el seno de una familia de inmigrantes de origen judío. Sus padres, Elías Pizarnik y de Rejzla (Rosa) Bromiker, provenían de Rusia y Eslovaquia, respectivamente, y eran comerciantes. Tiene una hermana mayor, llamada Myriam.

Su infancia fue muy complicada. Hablaba el español con marcado acento europeo y tartamudeaba. Tenía graves problemas de acné y una marcada tendencia a subir de peso. Estas eventualidades minaban seriamente su autoestima. La autopercepción de su cuerpo y su continua comparación con su hermana la complicaron de manera obsesiva. Es posible que comenzara, por esta razón, a ingerir anfetaminas —por las que pronto desarrolló una fuerte adicción—, que le provocaban prolongados períodos con trastornos del sueño, euforia e insomnio. Alejandra padecía lo que se conoce como trastorno límite de la personalidad.

En 1954, tras el bachillerato en el ENPA de Avellaneda, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Permaneció como estudiante de la Facultad hasta 1957, tomando cursos de literatura, periodismo y filosofía, pero no terminó sus estudios. Paralelamente, tomó clases de pintura con Juan Batlle Planas.

Lectora profunda de muchos y grandes autores durante su vida, intentó ahondar en los temas de sus lecturas y aprender de lo que otros habían escrito. Así se motivó tempranamente por la literatura y por el inconsciente, lo que a su vez hizo que se interesara por el psicoanálisis.

Firmemente apolítica e influenciada en su lirismo por Antonio Porchia, los simbolistas franceses, en especial Arthur Rimbaud y Stéphane Mallarmé, por el espíritu del romanticismo, y por los surrealistas, Pizarnik escribió libros poéticos de notoria sensibilidad e inquietud formal marcada por una insinuante imaginería. Sus temas giran en torno de la soledad, la infancia, el dolor y, sobre todo, la muerte.

Su primer libro fue La tierra más ajena (1955), editado en Botella al mar. Más tarde publicó La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958).

Entre 1960 y 1964, Pizarnik vivió en París donde trabajó para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire, e Yves Bonnefoy, y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Allí entabló amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, entre otros, siendo este último el prologuista de Árbol de Diana (1962), su cuarto poemario, en el que ya se refleja plenamente la madurez como autora que estaba alcanzando en Europa.

Regresó a Buenos Aires en 1964, publicando sus poemarios más importantes: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) o El infierno musical (1971).

En 1969 recibió la beca Guggenheim, lo que le permitió viajar a Nueva York, y en 1971 una Fullbright.

Escribió en prosa La condesa sangrienta (1971).

El 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, se quitó la vida ingiriendo 50 pastillas de un barbitúrico (Seconal) durante un fin de semana en el que había salido con permiso del hospital psiquiátrico de Buenos Aires, donde se hallaba internada a consecuencia de su cuadro depresivo y tras dos intentos de suicidio.

Faltó tiempo para la gran empresa literaria. Alejandra decía que tenía que escribir una novela y que habría de aprender una nueva gramática para llegar a ese fin que rondaba por su cabeza.

Se volvió conocida y leída sólo después de muerta.

Marco literario

La década del ’40 se inició con la Segunda Guerra Mundial ya declarada. El pesimismo, la melancolía y la desolación eran sentimientos que atravesaban en aquella época la vida de las personas y que los artistas manifestaban a través de los lenguajes propios de cada arte.

En el mundo de la poesía, continuaba prevaleciendo la influencia de las vanguardias, el trabajo con el lenguaje, las asociaciones, la particular disposición de los versos en la página, el verso libre y no rimado. Sin embargo, los temas habían cambiado: la angustia, la desolación, la obsesión por la muerte, la soledad y la infancia como un tiempo por recuperar aparecían con frecuencia en un grupo de poetas entre los que se destacaron dos escritoras que, a partir de entonces, serían claves durante las décadas siguientes: Alejandra Pizarnik y Olga Orozco.

Ambas fueron colaboradoras de la revista Sur y del diario La Nación, y publicaron sus poemas en Poesía Buenos Aires (que apareció de 1950 a 1960), una revista que vimos en clases anteriores. La muerte y el desdoblamiento del yo poético, así como el uso de un lenguaje más despojado y directo fueron también una constante en sus producciones. En su obra, la muerte y el desdoblamiento de su yo poético es una constante en su poética.

En la poesía, el uso de la primera persona gramatical, el “yo”, se conoce como “yo poético”, es decir, una primera persona que no necesariamente representa al autor. En los textos de Alejandra Pizarnik, ese “yo poético” se escinde, se divide. A esa escisión del sujeto también se la denomina “desdoblamiento del yo”. En algunos casos, el yo poético nombra al poeta con el cual establece un diálogo, como puede observarse en el siguiente poema:

LA ENAMORADA

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba                                                                                             
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada, ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

o en un breve poema de Árbol de Diana:
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

Ese desdoblamiento aparece a menudo como una amenaza y se une a objetos a través de los cuales encuentra un modo de expresarse (los espejos, por ejemplo), y al silencio.

La muerte es, por otra parte, un tema constante que atraviesa la poesía de Pizarnik, se presenta como un personaje misterioso y enigmático que dialoga con otros personajes. En cada uno de esos textos se narran situaciones que combinan la extrañeza y el absurdo con un lenguaje simple y despojado.      

Repasemos algunas frases:

“La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante”

“La soledad es no poder decirla”
(inminencia)

“Cúrame del vacío”

“La realidad nos ha olvidado y lo malo es que uno no se muere de eso”

“La verdad: trabajar para vivir es más idiota que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión ganarse la vida como sinónimo de trabajar. En dónde está ese idiota”
[Fuente: Diarios, 28 de julio de 1962.]

“La jaula se ha vuelto pájaro”

“lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible”

“Lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias”
Reportaje en la revista Sur

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco esperaría
con las luces encendidas?

“No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches”

“Nada más intenso que el terror de perder la intensidad.”

“No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al
encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene. “


Diarios

Alejandra Pizarnik fue desde muy joven una lectora de diarios de otros escritores, muy especialmente los de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Franz Kafka, que ya habían sido traducidos en Buenos Aires en la década de 1950. La versión española de los Diarios de Kafka se publicó en la Argentina (en traducción de J. R. Wilcock) en 1953. El ejemplar que perteneció a Alejandra lleva escrito en la primera hoja el año en que lo adquirió: 1955; está abundantemente subrayado y visiblemente anotado por ella a lo largo de los años; fue su libro de cabecera, de permanente relectura.

En ella, la idea de escribir un diario como un relato de "vida" está prácticamente ausente. A partir de 1955 el diario es el lugar del aprendizaje y del trabajo por excelencia. Le sirve para aprender a escribir y crearse los medios literarios para su devenir lenguaje. A partir de 1960, y durante toda la época de su estancia en París, el diario es práctica y a la vez proceso: escribiendo deviene su escritura. Este es el periodo de su vida en el que más viaja, y sin embargo no habla de sus viajes, no describe lugares o paisajes, ni ofrece ese tipo de impresiones espontáneas, cotidianas, que normalmente anotan los diaristas. Alejandra escribe casi exclusivamente reflexiones sobre sus lecturas o sobre situaciones emocionales y psíquicas que analiza constituyéndose ella misma en esa tercera persona, que Blanchot llamaba "el neutro" y con la que comienza la literatura. A las terceras personas reales se limita a nombrarlas con iniciales, nunca las describe.

Es también por esta época en la que empieza a hablar de crear lenguaje. Por este lenguaje sufre. Sufre porque es consciente de que esa búsqueda la separa: vuelve imposible el amor, la cotidianidad del amor, la pareja, los domingos en familia, las obligaciones comunes y corrientes, las distracciones. El lenguaje al que Pizarnik aspira no admite distracciones. Y el precio a pagar es muy alto.

La tradición de escritores diaristas es fundamentalmente europea. Son grandes nombres de la literatura francesa, inglesa, alemana o italiana del siglo XIX (Stendhal o Goethe) y del XX (Gide, Mansfield, Woolf, Kafka o Pavese, por citar sólo los más significativos). Pero no abundan ni en España (excepción hecha de algunos ejemplos aislados, como Alcancía Ida y Vuelta, de Rosa Chacel, publicado en vida de la autora) ni en Latinoamérica.

Alejandra Pizarnik es, en este sentido, la primera escritora latinoamericana que escribe un diario concibiéndolo como parte de su proyecto de obra literaria. Trabajar escribiendo en sus diarios le es tan imprescindible como trabajar con sus poemas. La escritura del diario está estrechamente relacionada con la búsqueda de una prosa, la ambición de dotarse de un lenguaje concreto que le permita un día escribir una novela, un proyecto que evocará repetidas veces en sus cuadernos desde 1955.

Hasta el final de su vida, sus diarios tratarán de amor y de sexo, de angustia, "de elegir: o captar al mundo o rechazarlo". Habla del deseo, de las formas del deseo en ella, analizándolas y nombrándolas con tanta lucidez y claridad que la convierten innegablemente en nuestra contemporánea.

Y ahora veremos algunos de sus poemas y prosas poéticas:


SE PROHÍBE MIRAR EL CÉSPED
Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.

REVELACIONES
En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
El deseo de morir es rey.
Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.

SIGNOS
Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

Les dejo aquí además un link, que recomiendo, acerca de una entrevista a Cristina Piña, cuando se cumplieron cuatro décadas de su muerte, en 2012.

https://www.youtube.com/watch?v=HSy9oXkXdHU


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Ahora sí, para la ejercitación de hoy, veremos primeramente la imagen de El Grito. Y algo referente a esta gran obra de arte.

Pintado por Edvard Munch en 1893 en París, se encuentra en  la Galería Nacional de Oslo. Es un óleo y temple sobre cartón de 90 X 73 cm  la versión más famosa, ya que pintó otras tres y una litografía para que se pudiese reproducir en los medios de la época.

Él mismo escribió que caminaba con dos amigos, se puso el sol y de repente el cielo se volvió rojo como la sangre, lo que le llevó a detenerse y apoyarse en una valla, extremadamente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo  negro azulado. Sus amigos siguieron caminando mientras él se quedaba atrás, solo, temblando de angustia, sintió el grito terrible, infinito, de la naturaleza. Es un grito desgarrador, nadie lo escucha, nadie repara en su desesperación, no hay salida, no se espera respuesta, no hay esperanza ni consuelo posible. El hombre desde que nace, está condenado a la muerte y no puede hacer nada frente a los designios de la naturaleza.  El propio autor nos recuerda que pasó una infancia con numerosas enfermedades, lo que  podría explicar la oscuridad y el pesimismo de gran parte de su obra. Más tarde afirmó: "La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida". Varias fuentes modernas describen la enfermedad de Munch como un caso probable de  trastorno bipolar. Él consideraba esta personalidad conflictiva y un tanto desequilibrada como la base de su genio. La fuente de inspiración para esta estilizada figura, ni masculina ni femenina, la de un ser humano reducido a su esencia podría haber sido  una momia peruana que el autor contempló en París.


 Munch trata de reflejar su angustia personal, pero también puede esconder una crítica a la nueva organización socioeconómica de la época, es decir, grita también contra las injusticias sociales y desigualdades que acompañaron a la Revolución industrial. Se distorsionan las formas retorciéndolas, tratando de buscar con las líneas transmitir el ritmo de esos sentimientos. Los cuadros expresionistas se caracterizan precisamente por su expresividad y fuerza psicológica a través de sus composiciones agresivas. Gombrich decía que estos pintores sintieron intensamente el sufrimiento humano, la violencia, la pobreza y la pasión. Ellos querían mostrar su compasión por los desheredados.

El Grito y toda la obra de este auto, tuvo una gran influencia en el expresionismo alemán. Como anécdota, fue precisamente un crítico de este país, el que desaconsejó a las embarazadas que visitaran este cuadro, junto a otras obras de Munch que se exponían, por el impacto tan perturbador que les podría producir.

Con todo lo visto, trabajaremos los recursos que vimos. Así que luego recuerden subir sus poemas al blog.

Y por último, recuerden que la conferencia que dará Cristina Piña el próximo jueves comenzará a las 19 hs.




2 comentarios:

  1. Ejercicio
    Clase N° 15
    07-Ago-14
    Sobre el Grito de Edvard Munch

    6-ago-45
    (1)

    ¿Qué ves?,
    Tal vez un cielo de sangre
    Con oscuros dragones
    vomitando traidores fuegos infinitos.
    Un mar de seres ardientes
    en la cruel increada inmensidad.

    ¿Qué oís?
    ¿Será el desgarrado grito
    de miríadas de almas
    vaporizadas?
    O será esa pregunta,
    Tremenda
    Tardía
    Final:
    My God, what have we done?.
    (2)

    (1) Fecha en la cual se arrojó una primera bomba atómica sobre una población civil.
    (2) Dicho por el Comandante Robert Lewis, segundo al mando del Enola Gay, el bombardero B29 utilizado para transportar y arrojar la bomba.

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  2. Acordarme del pasado
    Mi consciencia tiene frio
    El abismo insondable
    Del ego cruza en punta de pie
    La habitación donde yace colgado
    El grito rompió el espejo
    Y con ello la maldición
    Se esfumo en las barandas
    Las manos entronizaron
    El dolor y el horror humano
    Mi consciencia sigue con frio
    El futuro no espera que se consuma
    La desesperanza del olvido
    Hojas muertas
    Morir y volver a nacer
    Tiempo de la creación.
    MIGUEL CURCIO.

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